En la íntima soledad de tu hogar te derrumbas sobre la silla de la cocina. Ves a lo lejos, en la bancada, el mando que enciende el televisor y tu cansancio es tal que optas por cenar en silencio. Renuncias, orgulloso, a la compañía de esos extraños que pueblan el aparato colgado de la pared. Desvías la mirada a la nada de los azulejos y los asépticos muebles, al tiempo que mordisqueas desganado un sándwich vegetal. Son las doce y media de hoy martes y en el espeso silencio de tu piso vacío resuena un sonido que se arrastra. Piensas que serán las zapatillas de tu vecina la viuda, o que tal vez se trate de una rata paseándose por la escondida estructura del edificio, o incluso las hojas de un árbol que acarician la fachada exterior. Las zapatillas arrastrándose, la rata curiosa o las hojas cariñosas, se arriman pacientes hacia donde estás. Sea lo que sea, el sonido se vuelve más frecuente y cercano. Tu casa ha estado siempre tan sola que jamás has pensado a qué podrías temer. Ni un maldito triste fantasma errante se ha dignado jamás a habitarla y acompañarte en el vacío y sonoro eco de cada paso, cada tos y cada ventosidad que ha resonado en tu hogar en estos años. Apartas la vista del vacío y se te van los ojos a la puerta de la cocina abierta para ver cómo una sombra se detiene en el pasillo. Ya no se oye nada, ni la rata, ni las hojas, ni las zapatillas. Toses, son los nervios, la sombra avanza, es un gato que te mira. El despeluchado felino negro te observa más sereno que tú mismo, sus ojos transmiten cierto aire desafiante, muestra una seguridad que mordisquea y desgarra tu autoestima. Pero cobras conciencia de quién eres, de que no puede paralizarte de miedo un gato, un minino desnutrido que no levanta más de tres palmos del suelo. Te levantas de la silla furioso y el gato, que te huele, huye por la oscuridad del pasillo. (CONTINÚA)
Relato: Condenado gato
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